Y yo me pregunto, ¿ También la sexualidad es elitista? ¿ Dónde está la liberación entonces?

Me decepcionaría si acaso no lo hubiese esperado, así pues. Me es casi indiferente.

Una moda más para lo que para muchos es una identidad.

¡ Que casualidad que ahora se multipliquen las bisexualidades por doquier cuando antes ni siquiera se conocía esa palabra!

¡ Que conveniente la bisexualidad, cuando el desempleo y la falta de vivienda campa por sus respetos!

¿ Es ésta la liberación? ¿ Es ésto cultura?

¿ Es el “armario” cosa de ricos y de pobres? Pues sí, como siempre lo ha sido.

Otra revolución perdida.

Yo de pequeño ya me cagaba en los yacimientos históricos….

RAMÓN IRIGOYEN/ Imprimir noticiaImprimir Enviar noticiaEnviar

EL pasado 15 de agosto celebramos el centenario del nacimiento de Carmen Conde. Esta célebre cartagenera, autora de más de 100 libros -de poesía, narrativa, teatro y literatura infantil-, ha pasado a la historia, sobre todo, por ser la primera mujer que logró entrar en la Real Academia Española. La Academia se fundó en 1713 con el lema de ‘limpia, fija y da esplendor’ a nuestra lengua. Como correspondía a la época de su fundación, a este selecto club sólo tenían acceso los varones. Y, de hecho, durante 259 años, ninguna mujer logró ingresar en la ‘Docta Casa’, que tiene su sede en la calle madrileña de Felipe IV, en la zona de mayor belleza arquitectónica de Madrid. Situada a dos pasos del parque del Retiro y del paseo del Prado, la Academia tiene rango de catedral gótica: es amplia, sólida, solemne y, para no escatimarle epítetos, digamos también, con Juan Ramón Jiménez, que es peluda -donde hay muchos hombres esta garantizada la abundancia de vello incluso en las cejas- y suave, como Platero, el burro más célebre de la literatura occidental.
Ignoro si Carmen Conde dejó de mamar, en las primeras semanas de su infancia, los jueves, el día en que se reúnen los académicos, con vistas a hacer méritos para entrar, ya de mayor, en la Academia. Pero su biografía, que ahora podemos leer gracias al excelente libro ‘Carmen Conde. Vida, pasión y versos de una escritora olvidada’, de José Luis Ferris, nos revela que, ya desde su adolescencia, empezó a hacer méritos para entrar en la Academia. Carmen Conde se instruyó bien y publicó un libro detrás de otro con vistas a llamar la atención de los académicos. Luego Carmen Conde analizó fríamente la situación y se preguntó: si los académicos, en tantas ocasiones, son hombres cultos, ¿por qué no acogieron en la Academia a mujeres de primer nivel literario como Emilia Pardo Bazán, Rosalía de Castro o, viniendo ya al año 1972, a María Moliner, autora -y trabajando ella solita- del Diccionario de uso del español, que, dicho con todos los respetos a la ‘Docta Casa’, es muy superior al Diccionario de la Academia, redactado, durante dos siglos largos, por una legión de académicos? Tras un riguroso examen de las circunstancias, Carmen Conde concluyó que, dado que no le bastaba a una mujer con tener una obra literaria sólida para ser académica, ahí había algún problema sexual. Y estudió la biografía de estas mujeres y concluyó que estas tres grandes mujeres eran muy limitadas: eran sólo heterosexuales. Todas estaban honestamente casadas y nadie las acusaba de lesbianismo. Carmen Conde descubrió que los académicos de ‘La Española’ -marca que comparten con la segunda isla más extensa de las Grandes Antillas- exigían que las mujeres, además de obra literaria, tuvieran marcha sexual. A Carmen Conde siempre le sobró vitalidad. Por tanto, en esta terreno ella también podía responder bien. En su primera juventud, se enamoró del poeta Antonio Oliver Belmás. En 1931, a los 24 años, se casó con él. Además de esposa y esposo, eran paisanos, un hecho que facilitaba que, por ejemplo, cuando ellos paseaban por Cartagena, ella no tuviera que explicarle los itinerarios. Se ahorraron, pues, muchas conversaciones de este estilo: «Antonio, este es el castillo de la Concepción, la fortaleza más importante de Cartagena». Antonio Oliver conocía el castillo de la Concepción como conocen la plaza del Pilar los zaragozanos. Tras la boda, Carmen Conde le dio caña al marido. Se hizo íntima amiga de Ernestina de Champourcin, que la animaba a abandonar al marido y fugarse juntas. Es comprensible que aquella intimidad a Antonio Oliver, como vemos por algunas cartas, lo sacara de quicio. Durante la Guerra Civil, Antonio Oliver combatió en el bando republicano. En esa época Carmen Conde se enamoró de Amanda Junquera, esposa de un catedrático de la Universidad de Murcia. Ya era, pues, bisexual: ya podía ser elegida académica. Carmen Conde, incluso siendo bisexual desde los días de la guerra, no fue elegida académica hasta 1978, el año en que se aprobó la Constitución española. En Ediciones Torremozas, la espléndida editorial de Luzmaría Jiménez especializada en poesía y narrativa femenina, encontramos dos magníficos libros de poesía de Carmen Conde: ‘Mujer sin edén’ -quizá su mejor libro: le dedicó con entusiasmo un artículo Dámaso Alonso- y ‘Derramen sangre las sombras’.