Adri Blanco empezó a trabajar en OCA como cartera y llegó a ser ejecutiva de cuentas, hasta que sus jefes decidieron que “una persona de su condición” no tenía derecho a ascender. El “juego de la OCA” incluye malos tratos, insultos, trampas en los baños, aprietes y la obligación de retroceder muchos casilleros hasta quedar en la calle.

 

Por Juan Tauil

¿Cuándo entraste en OCA?

Empecé a trabajar como cartera en 1998, cuando la empresa era Ocasa. En ese momento ya tenía clara mi orientación sexual y sabía muy bien a lo que me exponía cada vez que salía a buscar trabajo. En la empresa me tomaron igual, seguramente porque en esa sucursal no estaba expuesta a la mirada de la casa central. Nadie más que el encargado me veía. Pasó el tiempo y mi desempeño hizo que ascendiera a la parte administrativa.

¿Cuándo empiezan los problemas?

–Empiezan en el 2000, cuando Ocasa se une con OCA y se unifican las oficinas de atención al cliente. Ahí tuve mi primer encontronazo. Por mi carácter y mis ganas de progresar empecé a dar clases de capacitación, a instruir gente y eso le molestó al jefe de atención a clientes. Pronto cayó un auditor general que me dijo: “Vos sabés cuál es tu condición y OCA no aceptará jamás que seas cabeza de león. No aspires nunca a crecer porque en esta empresa no lo vas a hacer”. Después vino el cambio de sector: me correspondía ascender a supervisor del centro de atención a clientes, pero me mandaron al sector de distribución especializada.

De nuevo la invisibilización…

–Sí, pero una vez adentro empecé a manejar las cuentas de grandes clientes. Así, al estar fuera del alcance de sus vistas, estaba todo bien. A mí me conocían como Blanco, sólo por mi apellido. Recién cuando OCA resuelve pasar el sector de distribución especializada a casa central empezaron los problemas grandes.

¿Qué otro tipo de maltrato sufriste?

Aunque me visto muy sencilla, de acá a Luján se ve cuál es mi condición sexual. Esto se tradujo en un uniforme de OCA sin logo: la empresa no quería que yo fuera identificada como parte del personal. También me hacían sentir observada todo el tiempo y hasta me mandaron gente —que yo identifico y sé que son de la empresa— para que me tiraran el auto encima. Los malos tratos también eran verbales: es memorable la reunión en la que el gerente general, Norberto Abate, dijo frente a mis compañeros: “A ese puto de mierda no lo quiero de la compañía”. Ese puto era yo. Hay gente que sigue trabajando ahí que puede atestiguar todo lo que yo pasé ahí dentro.

¿Hubo casos anteriores al tuyo?

–Me contaron de un chico gay al que le hicieron una cama metiéndole un tipo dentro del baño que salió diciendo que fue acosado. El chabón se tuvo que ir callado la boca. Enterada de ese antecedente, evité hacer contacto con mis compañeros varones. Buen día y buenas noches eran mis únicas palabras. Yo iba al baño de mujeres, así que por eso me salvé de la jugada.

Menos mal que esta gente no sabe que hay chicas trans que gustan de las chicas también…

–Claro, pero igual no te creas que a ellos les faltaban excusas para molestarme. Volaba un pájaro y el jefe de Personal me echaba la culpa a mí. En dos años tuve más de 50 “pedidos de explicaciones” y otras sanciones. Esos apercibimientos le servían a este sujeto para meterme en las cuatro paredes de su oficina y degradarme. Me repetía mil veces que yo no tendría que haber entrado nunca a la empresa, que yo era una persona enferma. Si vos ves mi legajo podrás confirmar que trabajé más de las horas que me correspondían, que hacía horas extras, que trabajaba de más porque amaba mi trabajo. Jamás pedí un permiso médico. Hubo veces que hice el doble del horario, me quedaba atendiendo las cuentas del Banco de Boston, del HSBC, Telefónica, Banco Galicia, Lloyds Bank… no son cuentas que se le dan a cualquier persona. Tengo gente de esos bancos que vos podés llamar ahora y preguntar quién era yo y te pueden decir mi forma de trabajar.

¿Esos ejecutivos llegaron a conocerte personalmente?

–Yo con ellos tenía contacto telefónico y tengo que reconocer que cuando me conocían se sorprendían un poco. Después el trato era genial porque sabían que yo era puntillosa, exigente… tan bien me llevaba con esos clientes que en un momento OCA me echó y ellos hicieron tanta presión que tuvieron que tomarme de nuevo. De la bronca que tuvieron el jefe de Personal —Norberto Meccía— y el gerente de Personal —Jorge Tiessi— me dieron 14 días de suspensión.

¿Cómo era tu reacción frente a este maltrato?

–Llegó un momento en que me sacaron las ganas de trabajar. Había días que los pasaba llorando. Es desgastante pensar en levantarse para trabajar en un lugar donde no te quieren, sin importar el esfuerzo que una haga. Las diferencias que hacían conmigo para presionarme eran muy dolorosas: los días de paro la empresa iba a buscar a todos los empleados, uno por uno para llevarlos al trabajo, menos a mí. Yo tenía que ingeniármelas para ir como fuera. Esos días se podía estar de civil, menos yo. Una vez se me ocurrió hacerlo —y no te creas que fui a trabajar con plumas— y vinieron con un guardapolvos y me obligaron a usarlo.

¿Por qué creés que querían taparte a toda costa?

–A esta gente no les cabía la idea de que yo fuera a trabajar y no a levantar hombres. Llegaron a mandarme gente para que me invitara a salir, propuestas de conocernos íntimamente…, hacían de todo para hacerme caer. Fue un juego insoportable, tenía ganas de bajar los brazos. Mis doce años en la empresa, la familia que yo tenía que mantener y la incertidumbre de cómo iba a conseguir otro trabajo me hicieron aguantar.

¿Cómo lograron echarte?

–Un buen día, al ver que no me podían encontrar causales de despido, inventan que se ensobró mal un servicio de 50 mil piezas. Meccía, delante de una empleada de personal, me despide por ese error. Le expliqué que eran otros los responsables en la cadena. No le importó y me echó. Todo lo hizo hablándome en género masculino. La empresa nunca usó en los 12 años de trabajo los términos correctos para dirigirse a mí.

Ahí nomás llamé a mi abogado y me recomendó que me quedara en mi lugar de trabajo hasta que llegara el telegrama de despido en mi casa. Así lo hice. Mi jefe, al verme de nuevo en mi escritorio, avisó a personal y me repitieron que me fuera, que se me pagaba el día y que al mediodía me llegaba el telegrama de despido.

¿Cómo corroboró la Justicia que te habían echado injustificadamente?

–Toda esta jugada hizo que ellos cometieran un error: el pedido de explicaciones por el hecho de que se me acusaba recién fue contestado a los 10 días —tiempo en el que la empresa presionó para que todos mis compañeros dijeran que el error era mío— y para ello adulteraron la fecha de emisión, sin recordar que esos documentos tienen una correlatividad numérica. Ese desfasaje, sumado a que cuando fueron a declarar terminó saliendo a la luz que yo no tenía responsabilidad, hizo que al juicio laboral lo terminara ganando. Todavía sigo con el juicio civil por discriminación. La estrategia fue siempre iniciar un juicio civil luego del laboral. Siempre se expuso que el despido fue por mi condición sexual y no por mi desempeño. Yo quiero que esto se conozca para evitar que siga sucediendo, por ello expuse mi caso en el Inadi para sentar precedentes, para que la gente sea evaluada por su desempeño y no por su identidad. Este tipo de empresas tienen que ser sancionadas por promover políticas discriminatorias. No me refiero a sanciones económicas sino morales.

¿Te ayudó unirte a alguna organización?

–El hecho de que yo me organizara, acudiera a las organizaciones y causara cierto revuelo hizo que el expediente se moviera. Esa presión ejercida por los abogados de “Siete colores” sobre las partes hizo que la causa tomara otro rumbo. Cuatro años esperé en mi casa a que se me pagara lo que me correspondía. Los esperé en mi casa porque no encontré trabajo.

¿Cómo está compuesta tu familia?

–Vivo en Lanús con mi mamá, mi papá y mis dos sobrinos, hijos de mi hermana, que murió cuando tenía 21 años. Ellos eran chiquitos: uno de 3 años y el otro de 8 meses. Yo prácticamente fui su madre. Iba a las reuniones del colegio, los actos… Uno ya está casado, el otro está en cuarto año de abogacía. Gracias que tengo mi familia, porque esos cuatro años fueron muy duros.

¿Cuál es tu situación laboral actual?

–Desde hace dos años soy telemarketer en una empresa en la que no tengo posibilidades de crecimiento. La supervisora general me lo dijo de entrada: “Acá no hay problemas con la gente gay, pero no vas a poder crecer”. Desde que me echaron de OCA la vida me hizo retroceder mucho. No sólo en mi posición laboral sino en lo personal: para entrar a trabajar en este nuevo trabajo tuve que cortarme el pelo, mis uñas, vestirme de hombre… No puedo darme el lujo de perder un laburo que me ayuda a mantener a mi familia y mis estudios de la facultad, porque todavía me faltan tres años de la carrera de Trabajo Social.

Una vez recibida, ¿a qué te gustaría dedicarte?

–Me enfocaría en trabajar con chicos, para ayudar a que la sociedad los acepte tal como son, como lo hizo mi familia conmigo. A mí siempre se me respetó porque siempre trabajé. Empecé en una carnicería a los 15 años, después entré en una fábrica de juguetes, trabajé en talleres de costura hasta que me aceptaron en Ocasa.

Imagen: Sebastián Freire

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