Otros hacen batallas de tomates, en Laredo, localidad de Cantabria, empero, se tiran flores.

Las grandes dosis de alegría, gusto, arte y belleza que se dieron en la primera Batalla de Flores perduran en el sentimiento de las Batallas de Flores de épocas más recientes y son la semilla de esta gran fiesta de interés turístico nacional. Hay que agradecer por tanto, a los impulsores de esta primera Batalla de Flores.

FIESTA DE INTERÉS TURÍSTICO NACIONAL

LA FLOR

            Las flores se convirtieron pronto en el elemento principal de la celebración hasta el punto de generar la denominación de la conmemoración. En los primeros años de existencia, las carrozas  aparecían adornadas con crisantemos, rosas, hortensias y magnolia. La población las tomaba "prestadas" de los chalets pertenecientes a los veraneantes acaudalados que disfrutaban habitualmente de la villa y que amablemente ponían sus mimados jardines al servicio de la población, especialmente la famosa colonia madrileña. A estas flores se las acompañaba de la hoja de magnolio. Desde comienzos de la década de los cincuenta del siglo pasado las figuras que lucen las carrozas también son adornadas con pétalos.

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NOCHE DE LA FLOR

              La víspera de la fiesta siempre han tenido un sabor especial, la inquietud, la alegría anticipada, los nervios de última hora son perfectamente apreciables en todos y cada uno de los carrocistas. La noche anterior a la Batalla de Flores es la noche mágica de Laredo. Noche en la que se contempla a este pueblo envuelto siempre en una tradición tan noble como artística en la que se demuestra el sentir de nuestras gentes, amantes de la paz y la acogida fraternal.
               Noche siempre mágica, que se viste de variado colorido en la que los laredanos y laredanas muestran un exquisito gusto por lo bello.
               Ver como se colocan las miles de flores y pétalos que cada carroza lleva durante la noche mágica es motivo de obligada visita tanto para los pejinos como para los que nos visitan. Cientos de personas se afanan en colocar cada flor y realizar los magníficos tapices de flor del más variado colorido. Costumbre que se inicia a principios de siglo cuando los indianos traían tapices originales americanos que luego se imitaban en las carrozas de los laredanos.
                Toda esta labor de cientos de personas se inició meses atrás con la plantación y cuidado de las flores que han de ser colocadas con esmero a fin de que las carrozas, engalanadas, estén listas un año más para ser admiradas en la tarde, sin duda, más hermosa del verano pejino.     

ORGULLO DE TODO UN PUEBLO

  Son familias enteras de pejinos las que se implican hasta las cejas en esta celebración sin reparar en horas de trabajo robadas al ocio y al sueño; sin aguardar que una buena clasificación compense tanta inversión realizada. Todos en el pueblo han mamado ese desvelo por ayudar  a tal o cual cuadrilla para que logre poner en pista su sueño en forma de escultura floral. Porque, más allá de que cada una salga portando el nombre de uno, dos o tres carrocistas, ellos mismos son los primeros en reconocer que nada de lo que hacen sería posible sin la colaboración desinteresada de todo el equipo: para cosechar las bulbas a plantar en la siguiente edición; para himageacer la siembra; para sallar y resallar la tierra; para ayudar en la construcción de elementos que superan varios metros de altura; para cosechar las flores en la jornada anterior al gran día; para organizarlas en las lonjas; y para irlas colocando, una a una, logrando hacer revivir aquellas aparentemente inertes estructuras. La complicidad se mantiene incluso cuando ya se ha superado la prueba de fuego que supone pasar toda una noche en vela dando los últimos retoques.
               Es la hora del paseo triunfal, donde se recogerán en forma  de sonoros aplausos el merecido reconocimiento a una  silenciosa y oscura labor de meses.
               Es el momento de sentirse todos ganadores, porque, para quienes de esto entienden más que la media, realmente todos lo son. Ganadores. Números uno. Responsables en su conjunto del éxito de una fiesta que nos lleva cada edición a un viaje de ida y vuelta entre el ayer de nuestros abuelos y el mañana que hoy estamos labrando. Un acontecimiento que transciende con mucho a la resonancia mediática que pueda tener.
Para la gran mayoría, estamos ante un rito que merece la pena preservar para el resto de los tiempos.
              No hallaremos nunca mejor tarjeta de presentación de lo que somos capaces como pueblo. La Batalla de Flores es para todos nosotros un fenomenal motivo de orgullo por ser pejinos y por haber surgido de nuestras raíces semejante tradición. ¡LARGA VIDA A LA BATALLA!