Un clásico de nuestro tiempo

Por Juan Ramón Rallo

El oro como dinero

En 1910 Ludwig von Mises publicaba su primer tratado de economía titulado Teoría del Dinero y del Crédito. Con esta obra aplicaba los principios de la revolución marginalista de finales del s.XIX al campo monetario y proporcionaba una explicación por primera vez sistemática y exhaustiva del ciclo económico.

Sin lugar a dudas, el libro y los argumentos de Mises han supuesto un punto de inflexión intelectual para muchos economistas. Sin ir más lejos, Friedrich Hayek logró en 1974 el Premio Nobel de Economía por extender y profundizar la teoría miseana. Con todo, a pesar de la notable repercusión e importancia que tuvo el tratado monetario de Mises, ningún otro economista de la escuela austriaca se había atrevido a reescribirlo y perfeccionarlo a la luz de las nuevas conclusiones alcanzadas. Nadie emprendió la colosal tarea publicar un nuevo tratado completo que relacionara el sistema monetario con la estructura productiva y, de este modo, con el ciclo económico.

No fue hasta 1998 cuando el profesor Jesús Huerta de Soto cogió el testigo de Mises y publicó su “Dinero, Crédito Bancario y Ciclos Económicos”, cuya relevancia ha propiciado que recientemente fuera traducido al inglés por el Mises Institute y se reeditara por tercera vez al castellano.

El comienzo del libro, un análisis jurídico del contrato de depósito y de préstamo o mutuo, podría resultar a muchos algo inusual y atípico por tratarse de una obra económica. Lo cierto es que, sin embargo, el profesor Huerta de Soto se inserta de este modo en la mejor tradición austriaca al estudiar la influencia de las instituciones y de su perversión sobre la acción humana.

En este sentido, la conclusión es clara: el depósito y el préstamo son dos contratos radicalmente distintos que no deben confundirse a través de figuras intermedias. Los primeros obligan al depositante a que mantenga en todo momento la disponibilidad del 100% de lo depositado, mientras que el segundo habilita al prestatario a disponer de lo prestado como guste mientras devuelva al final del plazo el principal y los intereses.

Dicho de otro modo, el profesor Huerta de Soto defiende que los bancos deben disponer de una reserva del 100% del dinero depositado, impidiéndose así las expansiones crediticias que favorece la reserva fraccionaria.

Aunque personalmente considero mucho más razonable exigir a la banca que no se endeude a corto y preste a largo como garantía de liquidez, el análisis del profesor Huerta de Soto permite contraponer una práctica bancaria estable que algunos consideremos poco útil (como es el depósito 100%) a otra frecuentemente inestable y nociva para el sistema económico (como es la reserva fraccionaria que no se preocupa por mantener la liquidez de sus depósitos).

Y es en este punto donde el libro alcanza mayores cotas de brillantez y genialidad. Los capítulos V y VI son la mejor exposición jamás escrita sobre las interrelaciones entre el crédito y la estructura productiva. En alrededor de 200 páginas el lector dedicado puede adquirir una maestría y dominio que muy pocos economistas actualmente poseen.

Huerta de Soto expone cómo las tan cacareadas crisis y depresiones endémicas del capitalismo no son en realidad más que productos del intervencionismo del Estado en colaboración con el sistema bancario. La economía de mercado no padece de frecuentes auges y crisis, sino que se ve desestabilizada por el monopolio estatal sobre la emisión y regulación del dinero.

Los Bancos Centrales permiten a los bancos comerciales endeudarse en condiciones mucho más favorables a las que habría establecido el mercado a través de las reducciones artificiales del tipo de interés. Esto induce a los bancos comerciales a expandir el crédito y prestar sus fondos a proyectos empresariales que no habrían resultado rentables al tipo de interés no intervenido.

En este momento comienza el auge: la inversión y el consumo se incrementan, el valor de los activos empresariales sube, el paro se reduce y los salarios y los beneficios aumentan.

Sin embargo, esta expansión económica constituye sólo una ficción. Imagine que un padre de familia decide vender en secreto la casa familiar y que fija la fecha de entrega al cabo de un año. Luego le miente a su esposa diciéndole que le han nombrado director general de una gran compañía y que cobrará cada mes una millonada. Movida por el engaño, la mujer probablemente comience a consumir muy por encima de sus posibilidades: hará reformas en el hogar, comprarán mejores alimentos, adquirirán un nuevo coche, concertarán las vacaciones de verano, mandará a sus hijos a colegios mejores…

Durante algún tiempo el marido podrá engañar a su esposa ingresando en la cuenta bancaria parte del dinero que ha cobrado por la enajenación del inmueble. Pero cuando ese dinero termine, la familia descubrirá que en realidad se han empobrecido: han vendido la casa y encima se han gastado el dinero en lujos innecesarios.

Los agentes económicos funcionan igual que la mujer engañada. Cuando los bancos comerciales expanden el crédito sin el necesario respaldo, creen poder acceder a mejores condiciones de financiación y, por tanto, comenzar negocios que antes estaban fuera de sus posibilidades. Se genera una apariencia de riqueza que sólo oculta su auténtico empobrecimiento.

Éste se manifiesta durante las crisis económicas que suelen seguir a las expansiones inducidas por el Estado. Los empresarios se ven abocados a la bancarrota porque se dan cuenta de que se han apalancado excesivamente y de que su menguado capital circulante no basta para mantener su empresa en funcionamiento. Las crisis son períodos de catarsis necesaria tras una engañosa reducción del tipo de interés.

Estamos acostumbrados a oír que la mejor forma de abandonar una crisis es reduciendo el tipo de interés e incrementando el gasto público, cuando en realidad las reducciones del tipo de interés sólo retrasan la liquidación de las malas inversiones empresariales y los incrementos del gasto público reducen los ahorros reales disponibles para acelerar esa liquidación.

De ahí que la exposición del profesor Huerta de Soto sobre los ciclos económicos le pueda resultar a la mayoría poco usual y controvertida. Pero precisamente por eso resulta esencial comprender su argumentación y contribuir a difundirla. 

Las crisis económicas son hoy por hoy el fenómeno más incomprendido que utiliza el Estado para expandir y consolidar sus redes intervencionistas. Son momentos en los que muchas personas están dispuestas a renunciar a parte de sus libertades a cambio de las falsas promesas de recuperación y prosperidad. Hay que lograr que la imagen de un capitalismo endeble y caótico sea sustituida por la de un capitalismo robusto sólo amenazado por la injerencia del poder político. Los afectados por las depresiones no necesitan más intervenciones y regulaciones, sino instituciones más libres que permitan regresar a la prosperidad lo más rápido posible.

Afortunadamente, las crisis económicas son también uno de los campos de investigación donde la teoría económica solvente más ha trabajado y sigue trabajando. El libro del profesor Huerta de Soto es la culminación de toda una epopeya intelectual que comienza con la Escolástica española y llega hasta la Escuela Austriaca de nuestros días. Una obra imprescindible que, como algún economista ya se ha encargado de remarcar, está destinada a convertirse en un clásico, tanto por la materia tratada como por la manera en que está tratada: con rigor y autoridad.

Jesús Huerta de Soto. Dinero, crédito bancario y ciclos económicos. 681 páginas, 20 euros. Madrid, Unión Editorial, 2006

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