LAS JOYAS DEL MILENIO 

Un cristiano radical y respondón

 

Durante décadas, la de Heinrich Böll fue una de las voces críticas más ásperas y escuchadas en la Alemania del milagro, de la Democracia Cristiana, del olvido del pasado nazi y del Estado policial, y uno de los escritores alemanes más traducidos a otras lenguas, entre ellas la española, en la que su obra conoció, sobre todo desde la concesión del Nobel, innumerables y populares ediciones.

Nacido en Colonia en 1917 en una familia trabajadora, no pudo evitar ser movilizado por los nazis en 1937, e hizo la Guerra Mundial como soldado raso en la Wehrmacht, en los frentes de Crimea y Francia. Lo hirieron en varias ocasiones. En abril de 1945 fue hecho prisionero por el Ejército norteamericano y liberado en 1947, año en que regresa a casa y se consagra a la escritura de textos narrativos y periodísticos.

La memoria de la barbarie, las raíces de ésta y sus huellas en la sociedad alemana de la posguerra son los temas que obsesionan desde el comienzo al escritor, que se convertirá en poco tiempo en conciencia vigilante de un mundo opulento, pragmático y tendente a la autosatisfacción, que bajo el imperio de la Democracia Cristiana de Adenauer se esforzaba por ocultar su desgarramiento interior, el legado del horror, la responsabilidad colectiva. Cristiano anarquista, como le gustaba definirse a sí mismo, pondrá en la picota por todos los medios la hipocresía de la Iglesia católica y del partido que ésta alimenta, y su voz crítica se dirige contra casi todas las instituciones de la nueva Alemania.

Ese aliento puede apreciarse en todas las obras de su primera época: El tren llegó puntual (libro de relatos, 1949), ¿Adónde fuiste, Adán?, su primera novela (1951), Casa sin amo (1954), o Billar a las nueve y media (1959). Todos los sectores y problemas de la sociedad alemana desfilan por sus narraciones, en las que trata de hacer la disección, lúcida y moralizante, de ese mundo que él considera enfermo: de consumismo, de materialismo, de cinismo, de violencia institucionalizada.

Un viaje a Irlanda, que produce poco después Diario irlandés (1957), le hace descubrir, como alternativa coherente con su impulso redentor, la sociedad rural (pretendidamente) sosegada, pero opuesta a sus ojos a la depredación imperante en el mundo urbano moderno. Esta concepción de la vida le hará enlazar con los movimientos ecologistas, con la lucha antinuclear y otros fenómenos sociales de oposición al productivismo capitalista. En los años 60, Böll asiste con indignación nunca contenida al imperio de los aparatos policiales y de los grandes medios de comunicación, cómplices a su entender del Estado y los poderosos conglomerados financieros. Es la época de Opiniones de un payaso (1963), Retrato de grupo con señora (a juicio de muchos su más lograda novela, 1971), y la célebre El honor perdido de Katharina Blum (1974).

En 1972 recibe el Premio Nobel de Literatura y con ello se acrecienta su actividad periodística y vigilante, al mismo tiempo que su influjo en las mentes críticas de su país y de Europa. Participa en todo movimiento, protesta o movilización que se produzca en su país contra el abuso del poder, el egoísmo mercantilista, la falta de democracia o la represión; muy particularmente se moviliza contra el influjo de la prensa sensacionalista y amarilla, y no ceja un momento de defender, por diversos medios, los derechos de las personas en los países del socialismo real, a los que viaja para dar testimonio de oposición.

Böll llega a ser, en vida, uno de los autores alemanes más leídos, traducidos y estudiados, aunque eso no lo salva de ser detenido, y asaltada y registrada su casa por la policía: eran los años del terror de Estado en Alemania, so pretexto de la lucha contra el terrorismo de izquierda. Durante la última década, en España ha decaído su conocimiento y popularidad, tal vez por lo incómodo de su actitud ante fenómenos semejantes a los que nosotros hemos padecido. Su lectura hoy, en todo caso, puede ser, además de una experiencia de lucidez, un descubrimiento de esa actitud vigilante ante el poder, sus crímenes y sus tramas, que en no pocas ocasiones se torna imprescindible para que no regresemos al oprobio y la impunidad del crimen.