La bisexualidad no es una cuestión de opinión.
No es, por ello, una moda, y por ende, pasajera.
Como no lo es ser alto, bajo, delgado o inteligente.

Tener vello corporal o ojos de un color determinado.
La bisexualidad es tan antigüa como la noche de los tiempos, como el sol o la brisa marina.
Como la lluvia, como el fuego, como la noche de luna estrellada, como la conciencia humana.

La bisexualidad no es una cuestión de sexo solamente, sino de afectos, emociones y sentimientos, en todo caso expresados de manera física y/o sexual, aunque no necesariamente.
La bisexualidad no trata de con quien te acuestas, sino con quien te levantas, a quien abrazas, a quien hechas de menos, de quien te enamoras, quien te cae bien, en quien confías, quien eres y quien quieres ser, que te motiva en la vida…
No todo se traduce en términos extremos, con categorizaciones binarias, sino que existen infinitos términos intermedios entre ambos extremos.
No se trata de una cuestión de sexo por el sexo, repito, sino de amor.
Y aquí es donde entra el estoicismo de ser diferente, de ser bisexual.